• Confidencias a la luz del taxímetro

    Taxi libre

    Acabo de ver una peli en la televisión que me ha quitado unos cuantos complejos. Resulta que como ya os confesé en mi primera entrega de este blog semanal, no tengo carnet de conducir, es decir, soy ‘quasi’ un bicho rarísimo. 

    Por ello no me queda más remedio para mis desplazamientos diarios, que utilizar el coche de San Fernando,  los transportes públicos, el coche de mis familiares o el de mis queridos amigos, que gracias a Dios son muchos y muy dispuestos. 

    Con respecto al transporte público, en mi ciudad, el que suelo utilizar más es el taxi, pues aunque soy asidua de los autobuses, a veces por prisas, por horario o por trayecto, o por simple comodidad, tiendo a coger si veo la lucecita verde, un taxi.

    Así que me monto y digo textualmente: ¡Buenos días, sería tan amable de llevarme a la calle tal….’, y allí lo que esperas, es que el taxista te lleve y punto. A lo máximo, que te pregunte si quieres ir por un lado o por otro, a lo que normalmente yo lo dejo a su libre albedrío, ya que para eso él es ducho en la materia y debe estar acostumbrado a los días y a las horas que hay más tráfico sea por las circunstancias que sean.

    Pero lo que no esperas es que el taxista te empiece a hablar y que en algunos casos te confiese cosas que digamos, ya pertenecen al ámbito más que personal, pues puestos a hablar, al que le toca hablar es al pasajero. Digo yo. O eso es lo normal.

    Pues no, mis queridos amigos. De cada más o menos tres taxis que cojo, hay dos que el taxista inicia la conversación y me cuenta muchísimas cosas y algunas hasta chocantes. 

    Confieso que soy una persona habladora. Y si no, que se lo pregunten a mi familia y/o amigos. Pero también, siguiendo con este ataque de sinceridad, confieso que tengo muchos días que no deseo hablar con nadie. Pero lo que sí soy es bastante amable y si alguien me habla y me cuenta algo, enseguida no sé por qué y a veces hasta lo lamento, mi poder de empatía es ‘grande’. No me siento orgullosa de ello pues me trae más que un quebradero de cabeza. 

    Por lo tanto, si un taxista me empieza a contar cosas le contesto y le sigo la charla hasta digamos, lo que la cortesía mínima requiere.

    Pero últimamente mi complejo de que tenía que haber estudiado psicología y que debo tener cara de ser ‘cum laude’ en esa materia, debe ser tal, que me empiezo a preocupar.

    Ya no recuerdo tantas y tantas confidencias que me han hecho los taxistas pero en estos últimos meses ya rayan la preocupación. Creo que hay una especia de ‘plaga de problemas’ muy gordos y los pobres conductores, en ese espacio pequeño, que se presta a ello, tienden a explayarse a gusto con los pasajeros para no reventar. O quizás con los que como a mí, tengamos cara de ser ‘pasajeros oyentes y pacientes’. Y no digamos cuando terminan después de contarte el problema que les acucia diciéndote: ¿y a usted que le parece? Y piensas: ‘ostras….ahora tengo que decirle algo!’. Glup.

    ¿Qué les parecería a ustedes si un profesional del taxi les contara que está operado de fimosis y que quiere hacerse la vasectomía para no tener más hijos?. Me dirían, lógicamente, ¿Pero, qué le has dicho tú para que te cuente eso?.

    Pues nada, nada de nada, palabrita del Niño Jesús. Simplemente ir en un taxi, un coche de al lado pitar y preguntarle al taxista donde está un instituto oftalmológico en concreto y el taxista no saberlo, y yo, por amabilidad y solidaridad, decirle la calle y el número ya que me lo sabía de memoria.

    Y de allí viene la pregunta del taxista. ¡Caramba usted lo sabe con pelos y señales!, Y yo contesto educadamente: ¡Sí, es que es el centro que visito por frecuencia! Ah, me dice el taxista. ¿Es que padece de los ojos? Sí, le contesto yo. Tengo un problema en el endotelio.

    Ahí estuvo mi gran fallo, lo confieso.  Tenía que haber tenido más picardía y soltarle con naturalidad:  Noooooo!!! Veo de maravilla. Le puedo decir a un kilómetro de distancia la familia de cualquier pajarito que veamos en el horizonte, y hasta su nombre científico, su ruta de migración y nidación y hasta si está cambiando la pluma. Y de ese avión que está pasando en estos momentos por el cielo, el nombre y la filiación completa de los miembros de la cabina. Y eso, por poner un ejemplo sencillito de mi agudeza visual. Pero la empatía es la empatía. Y allí me perdí...

    Ah!!!, me contesta el taxista: yo empecé medicina, me encanta, pero no pude continuar. En este punto no le pregunté por qué, -que conste a mi favor pero un puntito de penita si que me dio-. Y acto seguido me pregunta: ¿Qué es el endotelio, pues me suena mucho? Es la capa que cubre la córnea, respondo yo. Ah!, me dice el taxista. ¿Pero los trasplantes de córnea van bien, no?, yo contesto: creo que sí, pero hoy en día hay posibilidad de operar sólo el endotelio, con lo que es menos agresivo.

    Y con eso pienso que la conversación ha acabado. Pues no. Resulta que te suelta: ‘Pues yo estoy pensando en operarme y hacerme la vasectomía pues no quiero tener más hijos’. Y yo digo únicamente (lo prometo): Ah!. Y él sigue. ‘Es que ya tengo un hijo, y mi mujer me acaba de dejar porque se aburría conmigo, quería salir más con las amigas….. y ya no quiero tener más hijos. Pero me da mucho miedo la operación pues me operaron de fimosis y lo pasé muy mal’.

    Una vez soltada esta perla, me gustaría que hubierais visto mi cara, estoy segura que estaba blanca de no saber qué decir. Gracias que llegaba a mi destino y solo le dije; Bueeeeenoooo, pienséselo bien… ¿qué le debo?. Gracias…..

    Y así os podría contar mil y una anécdotas y todas del tipo ‘consejero espiritual/psicóloga/ descargadora de problemas, etc. Encima en casa me dicen que la culpa la tengo yo por enrollarme. 

    Pues eso lo que os decía al principio de la película que acabo de ver,  empezaba con una chica que coge un taxi y por un problema de ir más rápido por un sitio o por otro termina confesándole al taxista que es fiscal y que es un desastre, y él que quiere realizar un sueño casi imposible. Y toda la película es del taxista y sus problemas con los pasajeros y con él mismo.

    No me han faltado segundos para decirle a mi pareja ¿Ves como no soy la única que se enrolla?,
    así que he llegado a la conclusión de que tanto en esperas de médicos de la seguridad social, salas de aeropuertos, en taxis, en clínicas, etc, todos somos seres humanos y el que intentemos compartir con una pequeña sonrisa, gesto o frase, algo de nuestros miedos, problemas o angustias, no hace daño a nadie y compartir es bueno y necesario.

    Pero por favor, a día de hoy tanto en los taxis como en los ascensores ruego que sólo me hablen del tráfico y del tiempo, pues aunque persona empática como la que más, también soy vergonzosa hasta decir basta, y ultimamente me apetece estar en los transportes públicos solita con mis pensamientos. …… Y sobre todo si son transportes públicos sin salida de emergencia. Piedad!!!


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